UNA MEMORIA POR LA AMISTAD
* por Mercedes Galera
Últimamente las palabras que organizaban las ideas parecen gastadas y ya no sabemos qué hacer con ellas. Podemos decir con firmeza que términos como izquierda o derecha nunca significaron lo mismo en América Latina que en Europa, pero hoy lo que cuesta es usarlos sin que terminen formando parte de un identikit mediático,especialmente para los jóvenes que comienzan a formar parte activa de la sociedad. La palabra memoria puede resultar vacía para los adultos que se han cansado de vivir grandes desilusiones políticas, para quienes imaginar futuros agradables es una tarea realmente difícil. Pero en la historia de nuestro país la memoria colectiva no recuerda por recordar, sino que disputa de manera constante contra la idea de que tanto la memoria como el olvido son propiedades individuales, aún teniendo un largo trayecto recorrido por la búsqueda de verdad y justicia.
Al igual que la memoria, el lenguaje es algo vivo que cambia junto con la sociedad y lo que probablemente esté gastado sean las ideas y no las palabras que las abarcan. Esto puede ser algo desolador, porque son encrucijadas que nos enfrentan a nuestras propias narraciones sobre el pasado y el presente y encontrar un punto de diálogo es cada vez más difícil si la comunicación está mediada por discusiones virtuales, caracteres y empresas privadas. Incluso parece acertado pensar que las propuestas discursivas son mensajes que no esperan respuesta alguna del interlocutor al que se dirigen, sino que buscan generar un efecto en los espectadores que, atomizados, leen desde sus dispositivos. Un efecto que no sabemos bien cómo canalizar.
Pareciera que para el gobierno, la sociedad es un objeto manipulable, una marioneta que no tiene voluntad propia ni conciencia de sí misma.
Entonces, es interesante pensar en la palabra memoria en tanto interpretación del presente.
Es que siempre que interpretamos el ayer lo hacemos desde un contexto que va cambiando, un ahora que contiene tanto la certeza del pasado como la idea de futuro y en un país que atraviesa crisis económicas cíclicas en una relación causa-consecuencia con las crisis políticas, ajustar las ideas con las necesidades actuales puede volverse complicado.
La respuesta deseada es un rotundo No.
Ante un proyecto que busca desmantelar y privatizar cada conquista colectiva, el desamparo no reside sólo en las condiciones materiales; el mundo que vira de manera generalizada hacia la desigualdad obliga a que las personas se enfrenten también a un estado de ánimo golpeado que destruye la solidaridad social.
¿Por qué nos encontramos ante una avanzada de narrativas que cuestionan los pretendidos consensos sociales sobre nuestra historia?
Probablemente tengan que ver con eso las problemáticas que atraviesa nuestro país, que lejos de solucionarse se profundizan. Pero si miramos hacia atrás podemos encontrar que las avanzadas negacionistas siempre suceden en simultáneo con una participación activa de la sociedad para recordar lo sucedido y, más difícil aún, para elaborar nuevas construcciones colectivas de la verdad.
Es que recordar no es un acto pasivo. Revisando el vasto trabajo de reconstrucción del Archivo Nacional por la Memoria, recuperamos afiches del año 1996, cuando las convocatorias a las manifestaciones debían explicar lo sucedido durante la dictadura, vinculándolo a las necesidades de aquel presente: “hoy a 20 años de ese brutal régimen antidemocrático todo sigue igual: compañeros desaparecidos y los asesinos libres (...) la educación privatizada, los sueldos por el piso, el pueblo reprimido” (convocatoria del centro de estudiantes Normal 3 de La Plata)
Hay un hilo de amistad y solidaridad que nunca pudieron cortar.
En los afiches de la Argentina del '96 en la cual no existía aún un pacto social fuerte para nombrar los crímenes de la dictadura, los problemas de la sociedad eran similares: falta de credibilidad en la capacidad de la política para solucionar los problemas, dificultades económicas y represión policial.
Es que no podemos convencernos a nosotros mismos de que la capacidad de construir lazos está acabada. Aún cuando parece que la gente lleva consigo una apatía inamovible, cuando presenciamos gestos de desinterés desgarradores, la rebeldía y el impulso por imaginar de nuevo surgen y sacuden las cosas.
Emilce Moler, una de las sobrevivientes de La noche de los lápices, relata en su libro La larga noche de los lápices no sólo lo que vivió durante los seis meses que estuvo secuestrada, sino todo lo que atravesó antes y después. Y lo hace de una manera muy sincera, tanto que uno de los capítulos del libro se llama No me acuerdo. En él, Emilce intenta recordar la marcha por el boleto estudiantil de 1975 que, teorizan, sería la causante de que años después ella y sus compañeros hayan sido secuestrados. Pero también recuerda: “las palabras que nos dijimos, los ruidos, los olores, los silencios, los sollozos y las risas sofocadas(...) Puedo contar los dolores y la dignidad de Horacio, el deambular por los pasillos, los gritos, las intermitencias de las radios.
Los recuerdos de los sobrevivientes a los secuestros, de sus amigos, de sus familiares, son testimonios de que ante el horror desplegado por la dictadura nuestra sociedad intentó sostener su humanidad. La amistad que supo prevalecer ante la maldad desmedida.
Así como Emilce recuerda que sus compañeros estuvieron vivos, que fueron algo más que un cuerpo desaparecido, que compartieron ilusiones, frescura, deseos y por supuesto contradicciones, como sociedad debemos reconstruir todos los lazos que sean necesarios para evitar que el recuerdo se convierta en un relato canallesco, frívolo y sin capacidad de vitalidad.
Hubo consensos sociales con los que elegimos que la piedra de nuestra rayuela caiga siempre en la memoria, la verdad y la justicia. Y en la idea de que podemos imaginar otro mundo y por eso valoramos los recuerdos de Emilce que nos regalan el recuerdo sincero de quienes estuvieron vivos, quienes fueron amigos y amantes, quienes sostuvieron un fuerte deseo de comunidad. Nunca se pensaron solos.
Rehusarse a pensar que el odio y la violencia han acaparado los corazones y las ideas de las personas que nos rodean es, en principio, un hecho de rebeldía precioso.
Me rehúso a pensar que los prejuicios, las divisiones, el odio y la violencia
acapararon nuestros corazones, destruyendo nuestra rebeldía,
nuestra actitud, nuestra amistad, nuestros sueños, nuestro amor real
Espíritu del 77, Fun People
Últimamente las palabras que organizaban las ideas parecen gastadas y ya no sabemos qué hacer con ellas. Podemos decir con firmeza que términos como izquierda o derecha nunca significaron lo mismo en América Latina que en Europa, pero hoy lo que cuesta es usarlos sin que terminen formando parte de un identikit mediático,especialmente para los jóvenes que comienzan a formar parte activa de la sociedad. La palabra memoria puede resultar vacía para los adultos que se han cansado de vivir grandes desilusiones políticas, para quienes imaginar futuros agradables es una tarea realmente difícil. Pero en la historia de nuestro país la memoria colectiva no recuerda por recordar, sino que disputa de manera constante contra la idea de que tanto la memoria como el olvido son propiedades individuales, aún teniendo un largo trayecto recorrido por la búsqueda de verdad y justicia.
Al igual que la memoria, el lenguaje es algo vivo que cambia junto con la sociedad y lo que probablemente esté gastado sean las ideas y no las palabras que las abarcan. Esto puede ser algo desolador, porque son encrucijadas que nos enfrentan a nuestras propias narraciones sobre el pasado y el presente y encontrar un punto de diálogo es cada vez más difícil si la comunicación está mediada por discusiones virtuales, caracteres y empresas privadas. Incluso parece acertado pensar que las propuestas discursivas son mensajes que no esperan respuesta alguna del interlocutor al que se dirigen, sino que buscan generar un efecto en los espectadores que, atomizados, leen desde sus dispositivos. Un efecto que no sabemos bien cómo canalizar.
En la Argentina del 2024, que nuevamente atraviesa una compleja situación socioeconómica, se está llevando adelante una disputa por revisar nuestra historia reciente y no se está planteando revisarlo sólo con gestos narrativos. De hecho, algo destacable de la actual gestión y que se alinea con la avanzada de espacios ideológicos con un fuerte componente antiestatal, es que las acciones reales prácticamente no valen de nada para la opinión pública. Lo que importa es qué se cuenta y cómo se logran instalar conflictos pasajeros, peleas de red social, mientras las acciones que son sistemáticamente desmentidas por algún vocero presidencial siguen su curso con tranquilidad: diputados oficialistas que se reúnen con genocidas condenados por delitos de lesa humanidad, desfinanciamiento generalizado de las políticas de derechos humanos, restricción del acceso a la información pública, desfinanciamiento de las universidades públicas, del transporte, etc.
Pareciera que para el gobierno, la sociedad es un objeto manipulable, una marioneta que no tiene voluntad propia ni conciencia de sí misma.
Entonces, es interesante pensar en la palabra memoria en tanto interpretación del presente.
Es que siempre que interpretamos el ayer lo hacemos desde un contexto que va cambiando, un ahora que contiene tanto la certeza del pasado como la idea de futuro y en un país que atraviesa crisis económicas cíclicas en una relación causa-consecuencia con las crisis políticas, ajustar las ideas con las necesidades actuales puede volverse complicado.
Las narraciones que están en disputa son las mismas que antes pero las complicaciones son distintas. En su libro Medio siglo contra el trabajo, el filósofo italiano Bifo Berardi plantea que vivimos en un mundo completamente automatizado con una sociedad presa de los algoritmos que manejan el sistema financiero y se pregunta: “¿Debemos doblegarnos ante la arrogancia de los algoritmos? ¿Aceptar una explotación creciente y unos salarios cada vez más bajos?” (Berardi, 2017, p.410)
La respuesta deseada es un rotundo No.
Ante un proyecto que busca desmantelar y privatizar cada conquista colectiva, el desamparo no reside sólo en las condiciones materiales; el mundo que vira de manera generalizada hacia la desigualdad obliga a que las personas se enfrenten también a un estado de ánimo golpeado que destruye la solidaridad social.
¿Por qué nos encontramos ante una avanzada de narrativas que cuestionan los pretendidos consensos sociales sobre nuestra historia?
Probablemente tengan que ver con eso las problemáticas que atraviesa nuestro país, que lejos de solucionarse se profundizan. Pero si miramos hacia atrás podemos encontrar que las avanzadas negacionistas siempre suceden en simultáneo con una participación activa de la sociedad para recordar lo sucedido y, más difícil aún, para elaborar nuevas construcciones colectivas de la verdad.
Es que recordar no es un acto pasivo. Revisando el vasto trabajo de reconstrucción del Archivo Nacional por la Memoria, recuperamos afiches del año 1996, cuando las convocatorias a las manifestaciones debían explicar lo sucedido durante la dictadura, vinculándolo a las necesidades de aquel presente: “hoy a 20 años de ese brutal régimen antidemocrático todo sigue igual: compañeros desaparecidos y los asesinos libres (...) la educación privatizada, los sueldos por el piso, el pueblo reprimido” (convocatoria del centro de estudiantes Normal 3 de La Plata)
Deseo y compromiso
Una noche de 1976 los grupos de tareas del represor Ramón Camps secuestraron a estudiantes de distintas secundarias de la ciudad de La Plata. Veinte años después de los secuestros, el deseo por imaginar un país justo para los trabajadores no sólo seguía presente, sino que también existía el deseo de encontrar justicia por aquellas personas que perdieron la vida imaginando el país que querían.Hay un hilo de amistad y solidaridad que nunca pudieron cortar.
En los afiches de la Argentina del '96 en la cual no existía aún un pacto social fuerte para nombrar los crímenes de la dictadura, los problemas de la sociedad eran similares: falta de credibilidad en la capacidad de la política para solucionar los problemas, dificultades económicas y represión policial.
Es que no podemos convencernos a nosotros mismos de que la capacidad de construir lazos está acabada. Aún cuando parece que la gente lleva consigo una apatía inamovible, cuando presenciamos gestos de desinterés desgarradores, la rebeldía y el impulso por imaginar de nuevo surgen y sacuden las cosas.
Emilce Moler, una de las sobrevivientes de La noche de los lápices, relata en su libro La larga noche de los lápices no sólo lo que vivió durante los seis meses que estuvo secuestrada, sino todo lo que atravesó antes y después. Y lo hace de una manera muy sincera, tanto que uno de los capítulos del libro se llama No me acuerdo. En él, Emilce intenta recordar la marcha por el boleto estudiantil de 1975 que, teorizan, sería la causante de que años después ella y sus compañeros hayan sido secuestrados. Pero también recuerda: “las palabras que nos dijimos, los ruidos, los olores, los silencios, los sollozos y las risas sofocadas(...) Puedo contar los dolores y la dignidad de Horacio, el deambular por los pasillos, los gritos, las intermitencias de las radios.
Eran mis compañeros, mi historia compartida con ellos”.
Los recuerdos de los sobrevivientes a los secuestros, de sus amigos, de sus familiares, son testimonios de que ante el horror desplegado por la dictadura nuestra sociedad intentó sostener su humanidad. La amistad que supo prevalecer ante la maldad desmedida.
Emilce recuerda:
“Disfruto cuando la piedra de la rayuela cae en las peñas con los compañeros. Me gusta quedarme en ese cuadrado, me permite evadirme de las muertes. Me lleva a las risas, las bromas, las cumbias en los barrios, las vueltas caminando entre miradas cómplices”.
Constantemente nuestra sociedad se enfrenta a la imperiosa necesidad de recordar, justamente, por qué recordamos y pensar cómo lo hacemos. La memoria es acción social y por ello, depende de nosotros seguir cargando de significado el pasado: el ayer se reinterpreta en el hoy para construir un mañana. Pero no podemos hacerlo en soledad.
“Disfruto cuando la piedra de la rayuela cae en las peñas con los compañeros. Me gusta quedarme en ese cuadrado, me permite evadirme de las muertes. Me lleva a las risas, las bromas, las cumbias en los barrios, las vueltas caminando entre miradas cómplices”.
Constantemente nuestra sociedad se enfrenta a la imperiosa necesidad de recordar, justamente, por qué recordamos y pensar cómo lo hacemos. La memoria es acción social y por ello, depende de nosotros seguir cargando de significado el pasado: el ayer se reinterpreta en el hoy para construir un mañana. Pero no podemos hacerlo en soledad.
Así como Emilce recuerda que sus compañeros estuvieron vivos, que fueron algo más que un cuerpo desaparecido, que compartieron ilusiones, frescura, deseos y por supuesto contradicciones, como sociedad debemos reconstruir todos los lazos que sean necesarios para evitar que el recuerdo se convierta en un relato canallesco, frívolo y sin capacidad de vitalidad.
Hubo consensos sociales con los que elegimos que la piedra de nuestra rayuela caiga siempre en la memoria, la verdad y la justicia. Y en la idea de que podemos imaginar otro mundo y por eso valoramos los recuerdos de Emilce que nos regalan el recuerdo sincero de quienes estuvieron vivos, quienes fueron amigos y amantes, quienes sostuvieron un fuerte deseo de comunidad. Nunca se pensaron solos.
Rehusarse a pensar que el odio y la violencia han acaparado los corazones y las ideas de las personas que nos rodean es, en principio, un hecho de rebeldía precioso.
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